La bandeja
Emperatriz Llanos Donney’s 
Asociada de la Regional Bogotá
 

La bandeja

Esta es una historia muy liviana. Solo una historia de esas que se le ocurren a uno de vez en cuando y sin pensarlo mucho.

Tengo la impresión de que la bandeja de mi cuento viene sirviendo desde hace rato en la familia. En matrimonios y bautizos, cenas y desayunos, llevando y trayendo platos, cubiertos, teteros y compotas, chocolates, y los tintos de siempre.
 

Es una dama de compañía. Por ser de plata y de la bien fina, al lavarla queda limpia y lustrosa y de nuevo se ofrece con amigable estilo. Cuando la llaman a servir comidas elegantes, se adorna con carpetas de linos blancos, bordados con estrellas, rombos y hasta crucifijos de colores tenues. Contaron los abuelos que llegó desde tierras muy lejanas, desprevenida, a nuevos idiomas y costumbres; pero dicen también que nada le ha sido difícil en su propio oficio. Diurna y nocturna, su abnegación sin lí mites permite todos los sabores: desde dulces y salados hasta ácidos, y también tragos muy amargos.


Algún diciembre de estos, y para utilizarla en una noche de copas, ya cansada de cargar comida de menor cuantía, se cayó de la mesa, con tal estruendo, que sorprendidos todos la miramos. Supimos entonces que era la champaña lo que quería entregar en su servicio. Moviéndose entre las mesas y con inusitada reverencia ofreció y recibió un nuevo año; uno más de tantos ya pasados. De familia en familia, reclamada por cada descendiente al morir quien la tenía, vuelve a jugar su herencia y la misma pregunta: ¿a quién se le entrega ahora? Entonces ahí sí empiezan a quitarse las máscaras sus frenéticos parientes. Es toda una batalla de reclamos, discordias y hasta odiosos disimulos, siendo ella la única culpable y sin siquiera estar descrita en ninguno de los anteriores testamentos.

Por esas cosas de peleas algunos no se miran ni se escuchan. Creen que es una picardía tenerla sin mayor motivo, y entre abrazos y besos los demás comentan semejante abuso en bien ajeno. Otros ignoran de dónde vino, no aprecian su belleza. Y son precisamente aquellos, que aparecen en familia por pura coincidencia, surgidos de amores fortuitos entre amos y cocina, pero por necedad de alguna tía ellos deben permanecer como si nada y desde luego, sin ninguna tacha, guardando sigilosa reserva de por vida.
 

Siendo la bandeja una simple servidora de platos y otras cosas, su pasado es inconfundible. No vale señalarles a sus dueños quién es ella, pues su historia es bien reconocida, y su clara procedencia, ni se diga. Entonces continúa su servicio, moviéndose entre tantos parientes decentes y estudiados, otros filipichines y fantoches y muy hermosas casquivanas. A pesar de todo esto, ella siempre va marcando muy bien su diferencia. Los jóvenes aconsejan que quien la tenga la trate con amor, por ser la más vieja entre tanta vieja, y además testimonio de todos los años vividos por no tener arrugas y menos una cana, ni enfermedad que se le conozca.


Y sigue viviendo cerca de muchas apariencias, como la de la prima díscola que no se baja de su nube de humo, que le evoca lo que no puede ser en sano juicio; las tías y tíos ya muy ancianos pero estucados y teñidos, que como momias se comportan sin renunciar a su hechizado mundo de mentiras; o el antepasado africano, que sí debió existir, pero ni se menciona, y menos el indio, quien quizá tuvo mucho de médico, sabio o poeta; o el españolete aquel, dizque de rancia estirpe, que llegó a conquistar con trampa y mucha astucia la confianza que existía.

Y aquí termina la historia, dejémosle a la bandeja que vaya donde quiera y regrese, si lo desea.


Cuento publicado en el libro Palabras Mayores 2.
Antología de los talleres de escritura del Programa Vida en Plenitud Coomeva.

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